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CONCIENCIA DE LAS MULTITUDES QUE NOS RODEAN
“Y salió Jesús, y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas”. (Marcos 6:34)
Las palabras bíblicas citadas nos recuerdan la necesidad urgente que hay de “salir” y “mirar” a nuestro alrededor. Al hacerlo, ¿qué vemos? En el caso de Jesús El vio una gran multitud de personas. En nuestro caso, no puede haber mucha diferencia. Piensa en los familiares que viven contigo o en los que viven más distanciados. Piensa en tus vecinos, en tus compañeros de trabajo. Piensa en todos esos extraños que a diario se te cruzan en el camino, o los que viste en la congestión de tránsito, o aquellos que esperaban su turno en la oficina del médico o en el banco. Cuantos más podrás ver si caminas por los grandes centros comerciales.
Lo importante del asunto es que Jesús se fija en esa gran multitud. Es decir, no pasaron por desapercibidos ante sus ojos. Jesús tuvo lo que podríamos llamar conciencia de su entorno, conciencia de los que le rodeaban. Sencillamente tenía muy claro que no estaba solo en este mundo. Esa misma conciencia debemos tenerla nosotros. Conciencia de que hay muchos seres humanos que nos rodean y de que no somos los únicos que caminamos por las calles.
Jesús al verles, tuvo compasión de ellos porque eran como ovejas que no tenían pastor. Es decir, sintió en su corazón la máxima expresión de la misericordia porque vio esa multitud desprovista de quien la cuidara y guiara. Las ovejas sin pastor están destinadas a ser presa de las fieras o morir de hambre y sed.
¿Qué observas tú en los que te rodean? Si no tienen a Jesús en su corazón tendrás que ver lo que El vio. Tendrás que ver seres humanos desprovistos de la cubierta maravillosa de la sangre de Cristo. Seres humanos que caminan sin dirección, expuestos a la fiereza de la maldad, que carecen del Pan de Vida y de las Aguas del Espíritu. Seres humanos expuestos a muerte eterna.
Ante ese cuadro deberíamos sentir lo que Jesús sintió: compasión. Deberíamos sentir una gran carga y dolor en el corazón porque cada uno de esa multitud que parte de este mundo irá hacia la muerte eterna.
Jesús no se limitó a mirarlos y sentir dolor por ellos. No se cruzó de brazos. Enrolló las mangas de su túnica y comenzó a enseñarles muchas cosas. Obviamente, enseñanzas que iban dirigidas a cambiar el presente y futuro de aquella multitud. Enseñanzas que serían la diferencia entre la vida y la muerte de aquellas personas.
¿Qué hacemos tú y yo? Nos limitamos a decir: “que pena, se están perdiendo a diario muchas almas”. O estamos dispuesto como Jesús a salir de nuestra agenda diaria, mirar con conciencia esa multitud, hacer nuestro el dolor de que a diario muchos mueren sin salvación; y para evitarlo enseñarles el mensaje que cambiará todo en sus vidas.
Dios, como Soberano Padre, espera que sus hijos compartan lo que por gracia han recibido. Nos regalaron la salvación para que no nos perdamos, pero a su vez para que compartamos con esa multitud lo que ha hecho la diferencia en nuestra vida.
Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que esa multitud no se pierda. Como hijos agradecidos llevemos regocijo al corazón de nuestro Padre.
¡Que Dios te bendiga!
José O. Resto, Pastor