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GRIETAS
“Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. (1ra Corintios 9:27)
Alguna vez has visto a personas aparentemente exitosas, saludables y de familia ejemplar destruirse en cuestión de algunos meses o en pocos años. ¿No te ha parecido algo extraño? Posiblemente si, pero también no es menos cierto que por lo menos ha conocido un caso así. Lo triste de esto es que si miramos bien veremos que no solo le sucede a los no creyentes, sino que también le sucede a los creyentes. Con mayor frecuencia de la que quisiéramos, oímos historias y testimonios de cómo tal y cual creyente se ve forzado a abandonar su ministerio debido a situaciones lamentables. La pregunta es, ¿cuál es la causa? ¿Qué está provocando eventos de esta naturaleza? Desde mi forma de ver, se debe a lo que llamo “Grietas”. Grietas que existen en el carácter de las personas. Muchas, imperceptibles a simple vista, pero que con el paso del tiempo se hacen patentes dejando huecos en la vida de los hombres a través de los cuales el enemigo lanza sus dardos y nos lastima.
En el pasaje de la escritura seleccionado vemos como el apóstol Pablo utiliza un lenguaje “algo extraño” que nos trae interrogantes sobre cuál era la verdadera razón para tales expresiones. Al leer este pasaje bíblico lo primero que uno se pregunta es, ¿qué era lo que le preocupaba tanto a Pablo que lo llevó a hacer una expresión de esta naturaleza? Definitivamente algo estaba ocupando la mente del apóstol al momento de hacer estas expresiones. La pregunta es, ¿qué era? ¿Qué era aquello que lo llevó a preocuparse incluso por su salvación? “…no sea que, después de haber guiado a otros, yo mismos <quede descalificado>, <venga a ser eliminado>”. Su preocupación era seria y con implicaciones eternas. Así que, si el asunto es serio y de implicaciones eternas, me parece a mí que debe ser motivo de atención urgente para todo aquel que se preocupe y ocupe de su salvación. Además, me llama sobremanera la atención el hecho del remedio que se da el apóstol a si mismo, “…golpeo mi cuerpo y lo domino, lo pongo en servidumbre…” Oiga querido hermano, algo importante debía estar pasando por su mente para que utilizara expresiones de esa naturaleza. Veamos de qué se trataba:
Había unas personas de Corintios que estaban poniendo en duda su apostolado y su derecho de participar de la mesa del Señor. El aclara en los capítulos anteriores que al igual que cualquier otro ministro del Señor, el gozaba de derecho de comer del altar. Sin embargo, no hacía uso de ese derecho porque “su gloria era esa”, no hacerlo. Pablo lucha con su orgullo para no caer en creerse más que los demás. El orgullo era una grieta del carácter del apóstol de la que él no estaba dispuesto a dejarse dominar. Había que enfrentarla, había que dominarla. ¿Cómo lo hizo? “Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre…”, sí golpeando su cuerpo. No dejándose dominar de esas pasiones y emociones que nos embargan y nos hace salirnos del plan de Dios para nuestras vidas. Fíjese que él entendía que si no dominaba su orgullo, podía perder su salvación. “…No sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. El sabía que si no hacía algo al respecto podía inclusive “ser eliminado”. Si nosotros como hombres y mujeres de Dios no queremos ser eliminados del reino, asegurémonos de trabajar con esas áreas que hay dentro de nosotros (aunque nadie las note) para que al final no vayamos a ser eliminados. Vea el ejemplo de Sansón:
Desde el mismo momento, aún desde su nacimiento, Sansón fue un niño especial. Tenía en la vida todo a su favor. Venía con una promesa, tenía unos padres consagrados, Dios lo dotó con una capacidad física extraordinaria, tenía la bendición de Dios con él… Sin embargo, miramos en Sansón una de las historias más tristes de la Biblia… termina su vida siendo un esclavo, le sacaron los ojos y se convirtió en un payaso de sus enemigos contra lo que había luchado por veinte años. El enemigo de Sansón no eran los filisteos, no era Dalila, no fue el león… el enemigo de Sansón se encontraba dentro de él mismo y nunca pudo dominarlo y al final su enemigo terminó destruyéndolo. Sansón no tenía control de sus apetitos sensuales. No tenía control sobre los deseos de su carne. Tenía una grieta. No permitas que las grietas en tu carácter te acaben. Ríndelas al Señor. Golpea tu cuerpo y ponlo en servidumbre. Entonces entenderás lo que la Biblia dice en Santiago 1:12:
Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.
¡Dios te bendiga!
Co-Pastor Luis Orlando Cruz