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RAICES EN EL CORAZON
¿Cuán profundo está sembrada en ti la Palabra de Dios, sus mandamientos y más aún, el Señor mismo?
Dios puede responder a esa pregunta mejor que tú y yo. El conoce quien presta atención a su Palabra, quien atesora sus mandamientos y sobretodo, quien le ha rendido su corazón.
Como conocedor de todo, Dios no se rige por impresiones o representaciones nuestras, sino por lo que de verdad guardamos en lo profundo del alma.
Caín de forma lamentable experimentó esta verdad. Tanto el como su hermano Abel comparecieron ante Dios con sus respectivas ofrendas. En apariencia ambos, del fruto de su esfuerzo, separaron bienes para llevarle una ofrenda a Dios. Sin embargo, Dios miró con agrado la de Abel y no así la de Caín (Génesis 4:3-5).
¿Por qué Dios tuvo una apreciación distinta ante aquellos ofrecimientos? Porque El conoce quien en su corazón lo ama y ama lo que hace para El. Como también conoce quien actúa por “cumplir”, llenar “apariencias” y hasta por “costumbre”. (Hebreos 11:4)
Así Dios, pues no puede ser engañado. Ante nuestros ojos quizá muchos puedan representar ser corazones llenos de piedad, pero ante Dios son solo meros esfuerzos humanos infundados.
Posiblemente uno de los casos más estremecedores lo fue el del Rey Saúl. En apariencia representó ser un hombre noble y lleno de misericordia. Tan bondadoso que inclusive aparentó tener más clemencia que el mismo Dios (1ra Samuel 15:1-9). Sin embargo, en medio de un aparente acto de clemencia, Saúl estaba desobedeciendo a Dios (1ra Samuel 15:18-23), desobediencia que brotaba de un corazón encerrado en un cuerpo de aparente clemencia (1ra Samuel 15:22-28).
La falta de sinceridad en el corazón de Saúl le costó su trono. En su lugar Dios levantó a un hombre que lo amaba desde lo profundo de su alma y cuyo anhelo era obedecer a Dios (Hechos 13:22). Este hombre fue David.
Dios, conocedor de corazones, no se impresionó por la ofrenda de Caín ni se conmovió con las excusas de Saúl. Sin embargo, en ocasión en que David pecara y se arrepintió en su corazón con las fuerzas de ese amor que a Dios tenía, recibió el perdón de Aquel a quien profundamente en su ser descubrirá como Dios trata de forma muy distinta a los corazones sinceros. Ello aún ante los tropiezos y en los malos tiempos.
Edifiquemos una relación con Dios basado en amor profundo y sincero. No por costumbres, apariencias o exigencias. Estas últimas no son verdaderamente una conversión, sino una representación.
Roguemos y esforcémonos para que nuestra relación con Jesús sea una de raíces profundas en nuestro corazón.
¡Dios te bendiga! José O. Resto, Pastor